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miércoles, 13 de mayo de 2009

MATRIMONIO HOMOSEXUAL: ¿PECADO O AMOR?

Antes de entrar de lleno en este tema controvertido, cabe aclarar que, en esta serie de artículos, deseo mantener una cierta neutralidad discursiva, ya que mi intención es exponer los distintos argumentos enfrentados, a fin de que el lector/a saque sus propias conclusiones.

Parto de la base de que todo discurso argumentativo debe ser respetado más allá de las coincidencias o no, alentando un pluralismo para reflexionar sobre la realidad que nos toca vivir.

En diciembre del 2002, la legislatura porteña aprobó una ley que establece la apertura de un "registro público" exclusivo para uniones civiles, formadas "libremente por dos personas con independencia de su sexo u orientación sexual". En él, podrán inscribirse las parejas con domicilio legal en Capital, en condiciones de probar (mediante dos testigos como mínimo y cinco como máximo) que mantienen una relación de convivencia "estable y pública" de por lo menos dos años (Fuente diario Clarín).

Estas uniones civiles fueron equiparadas a un matrimonio, sin embargo, sólo gozan de algunos beneficios, como la inscripción en las empresas de medicina prepaga y en las obras sociales, derecho de solicitar un crédito en conjunto o tomar vacaciones en el mismo período.

En mayo de 2008, se presentó un proyecto de ley, que descansa cajoneado junto a otros, para permitir el casamiento entre dos personas del mismo sexo. La iniciativa está inspirada en la legislación que existe en España, Holanda, Bélgica, Noruega, Canadá y Sudáfrica, y propone modificar el Código Civil para establecer el derecho de mujeres y de hombres a casarse con una persona de su mismo sexo, en igualdad de condiciones con quienes forman parejas heterosexuales, y así poder adoptar hijos, heredar, poseer bienes gananciales, adherir al sistema de seguridad social y recibir pensión, con todos los derechos y obligaciones del matrimonio (fuente AGMagazine.com.ar).

Según el diccionario de la RAE, matrimonio se define como: “Unión de un hombre y una mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales”. De ahí que no se podría, por definición, llamar matrimonio a la unión de una pareja del mismo sexo. Por otro lado, el fin del matrimonio tradicional es la procreación, y el matrimonio homosexual está desprovisto de las condiciones necesarias para engendrar. Asimismo, el matrimonio instaura socialmente la unión de dos personas que tienen como objetivo común la solidaridad recíproca sobre la base del afecto mutuo, fundamento del núcleo familiar.

La Congregación para la Doctrina de la Fe redacta, en 2003, actuando como Prefecto el cardenal Ratzinger, las Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales donde se declara: “La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. ´

El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad”.

Este argumento confesional se sustenta en que el matrimonio es un sacramento dotado por Dios… como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión que implica el ejercicio de la facultad sexual. Este fin último es expresado desde el
Génesis, donde se lee que por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne (Génesis 2, 24). Esa idea se continúa en las Sagradas Escrituras, en cuyo texto las relaciones homosexuales son condenadas por ser graves depravaciones (cf. Romanos 1, 24-27; Corintios 6) (1)

Los defensores del matrimonio entre homosexuales afirman que, si bien, al principio, su origen era religioso, luego de la Revolución francesa, se convirtió en una institución civil y laica, por lo cual no se centra en un sacramento (jurisdicción eclesiástica), sino en el derecho civil. Daniel Borrillo, profesor de Derecho Civil en la Universidad de París e investigador del Instituto de Investigaciones Científicas de Francia, miembro del Comité Asesor del Área Jurídica y del Proyecto de Ley Nacional de Unión Civil de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), afirma que: “Despojado de su naturaleza religiosa, el matrimonio laico instaurado por la Revolución francesa basa su legitimidad en la voluntad recíproca de las partes. En conformidad con la concepción civil, la alianza se basa exclusivamente en la libertad de los contrayentes.

El derecho moderno pone fin de ese modo a la consumación (copula carnalis) e instaura el consentimiento como causa y legitimación de la unión. Ni la reproducción, ni la ley natural, ni la forma litúrgica o la tradición pueden constituir argumentos válidos para oponerse a que las personas del mismo sexo contraigan nupcias. Si la reproducción constituyese una condición del matrimonio, los estériles, las mujeres menopáusicas y los impotentes no podrían casarse. Ninguna ley establece una obligación de reproducción. La legalidad del uso de técnicas contraceptivas de los cónyuges es la prueba de que no existe subordinación alguna de la alianza a la reproducción”.

Uno de los mitos que gira alrededor de la legislación es que, una vez aprobado civilmente el matrimonio entre homosexuales, se forzaría a las congregaciones religiosas a bendecir estas uniones. No existe una normativa civil que lo exija. Como ninguna ley civil establece una obligación de reproducción, esta función queda relegada a un segundo plano. Los pilares del matrimonio son el amor, el compartir, el cuidado y el compromiso mutuo.

El matrimonio es el resultado de una construcción histórico-cultural. Las civilizaciones cambian y, con ellas, las instituciones reguladoras de las relaciones familiares. No se trata de la destrucción de la familia, sino que, de la familia tradicional, se da paso a otro tipo de familia.

Detrás de esto, se esconde otro debate. La aceptación de la homosexualidad, por un lado, y, por otro, las controversias que conllevan a no poder dar una definición acabada acerca de esta orientación sexual. Herencia versus entorno. Se nace o se hace homosexual.

Se debe tener en cuenta que se difunde mucha información de que, entre las personas de orientación homosexual, subyace una tendencia hacia la promiscuidad y que las relaciones homosexuales suelen ser de corta duración… La pregunta que se nos plantea aquí es si la incidencia de la perversión homosexual es razón convincente como para rechazar a la homosexualidad como tal… Una persona no es de orientación homosexual o de orientación heterosexual, sino que la homosexualidad y la heterosexualidad constituyen una cuestión de grado, por lo tanto, una persona es más lo uno que lo otro. El Instituto de Investigación Sexual de la Universidad de Indiana (Institute for Sex Research - Indiana University – EE.UU) ha desarrollado una escala de medición del uno al siete.

En un extremo de la escala, se sitúan los individuos que son completamente de orientación homosexual (personas que se sienten atraídas solamente hacia miembros de su mismo sexo), mientras que, en el otro extremo, hay gente que es completamente heterosexual (personas que se sienten atraídas sólo por miembros del sexo opuesto). Los estudios han indicado que muy poca gente se ubica en un extremo u otro de esta escala, y que la mayoría de nosotros/as nos colocamos en algún lugar entre ambos extremos (Fuente Seis estudios sobre la homosexualidad - Pastoral Ecuménica VIH-SIDA.) La perversión y la promiscuidad también se practican entre los heterosexuales.

Las palabras de Carlo María Martini (2), cardenal italiano, deberían llevar a la reflexión a aquéllos que, por un “pánico moral”, sufren de homofobia. “Con los homosexuales hemos sido insensibles en muchos casos”, declara Martini en forma de autocrítica.
“En mi círculo de conocidos, hay parejas homosexuales, y son hombres muy respetados y estimados. Nunca nadie me pidió, ni jamás se me habría ocurrido, condenarlos".

Debemos ser conscientes de que debemos aprender a vivir con el peso de tener y no tener la verdad. Es aquí cuando la tolerancia cobra un valor real en nuestras vidas. Confrontarnos, en temas como la homosexualidad, con uno espíritu de tolerancia y respeto por aquéllos que difieren de nuestra manera de pensar, nos hace mejores personas y, por ende, mejores cristianos.

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