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sábado, 8 de mayo de 2010

La Spice más Gay

Mi hijo es Gay… Y ahora que???

Madres y padres de lesbianas y homosexuales crean una asociación para prestarse apoyo y asimilar la nueva realidad de sus hijos

El desconcierto que viven muchas familias al conocer la verdadera orientación sexual de sus hijos e hijas ha llevado a un grupo de madres y padres a unirse para compartir experiencias y apoyar a aquellos que viven esta realidad con mayor angustia.

“No es lógico que cuando nuestros hijos salen del armario, nosotros nos metamos en él”, apunta Celia, delegada en Alicante de la asociación Ampgyl, que sabe que la homosexualidad puede romper los esquemas familiares temporalmente, pero no debería ser un problema para nadie. Y menos, para los padres.

África Prado Julián, de 25 años, vive con su novio desde hace tres años, están registrados como pareja de hecho y no descartan casarse. Una historia más de la normalidad con la que el colectivo gay vive estos tiempos.

Pero el sujeto de este reportaje no es Julián, sino Celia, su madre, una generación anterior que ha debido adaptarse, con más o menos dificultades, a la condición sexual de sus hijos e hijas. Todo un cambio para el que nadie, o casi nadie, ha sido preparado.

Celia Juan, de 51 años, señala que lo primero que pensó cuando su hijo le dijo que era gay fue: “Me he quedado sin llevar la peineta”. Eso fue hace seis años, antes de que Zapatero igualara en derechos al colectivo gay con la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo.

Ella reconoce que la declaración de su hijo, en aquel momento, “fue una ruptura, me rompió los esquemas, y quien diga que no, miente. Una madre tiene intuición y nosotros siempre hemos sido muy cómplices, pero como en el fondo no quieres verlo, obvias el tema, hasta que un día me lo dijo, le obligué a contármelo para que no se quedara a medias”.

¿Cuánto duró esa ruptura? “Unas tres horas, aproximadamente”, responde con sorna la madre, que añade a renglón seguido: “Es mi hijo y me da igual. Supone un cambio emocional momentáneo, pero nada que vaya a cambiar nuestra forma de vida ni nuestra relación. Yo lo he vivido con normalidad siempre; el padre lo asumió también, aunque de forma distinta porque cada uno tiene su momento.

Si mi hijo no tiene problemas, no los voy a tener yo. Lo que no es lógico es que los hijos salgan del armario y que nosotros, los padres, nos metamos dentro. Ya está bien de que la condición sexual de una persona sea importante”.

Celia, educadora infantil como su hijo, ha aceptado ser la delegada en Alicante de Ampgyl (Asociación de Madres y Padres de Gays y Lesbianas), creada en Barcelona en 1995 con grupos en otras 14 provincias, tras acudir a un encuentro organizado este verano en Barcelona.

Allí, Celia se dio cuenta de que “el hecho de que yo viviera con normalidad la homosexualidad de mi hijo no significaba que el resto lo viviera igual o que no hubiera daños en otras familias. Hay gente a la que hay que apoyar más y estar ahí, porque esto no debería ser un problema para nadie”.

Recuerda a un padre “normalizado”, como dice ella, “que decía que antes de conocer la realidad de su hijo contaba chistes de ‘maricones’ y decía haber actuado al contrario de como debía” y aún se sorprende al saber del sufrimiento que arrastran muchas familias para aceptar a sus hijos pero se asombra más de comprobar que lo logran con ayuda y conocimiento; otros, por el contrario, lo aceptan pero viven aún con el temor del rechazo social a su hijo.

Julián apunta que la comprensión familiar es fundamental para seguir adelante: “Te pueden dar muchas charlas en el colegio pero el apoyo en casa es el básico y, a partir de ahí, te dará igual que te digan una cosa u otra en la calle”, mientras su madre añade que lo importante es “verlo con normalidad, que los padres vean que no pasa nada y que no nos debe dar vergüenza, que tenemos que estar ahí para alisar el camino y que nuestros hijos crezcan emocionalmente fuertes y sanos” tras confesar que queda mucho camino por recorrer aún y muchas madres -y padres- por actuar para evitar mayores sufrimientos a los hijos, “sean gays, lesbianas o transexuales -remarca- que es un tema muy serio que apenas se toca”.

El concejal de Bienestar Social de Sax, Manuel Gómez Cano, artífice de la idea y amigo de Celia, animó a ésta a representar a la asociación después de que algunos padres le confesaran “la angustia y los traumas con los que llevaban la condición de sus hijos, y los hijos, sus travesías por el desierto, ya que en muchos casos la familia les da la espalda”.

Gómez asegura que el sólo hecho de disponer de información mejora la adaptación de los padres “y no te imaginas lo efectivo que es que un padre que se encierra o que lo vive con culpa o vergüenza escuche a otro que haya pasado por ahí y lo lleve con respeto y dignidad. Eso va a ser fundamental para los hijos” y añade que aunque el peso lo llevan las madres, confía en que los padres se sumen.

¿El sexo da más felicidad que la plata?

Tener relaciones sexuales con frecuencia así como una pareja estable suelen incidir en que las personas se sientan más contentas con la vida.

El dinero nos proporciona una cuota razonable de felicidad, pero tal vez no tanta como el sexo.

Sin duda, quienes tienen ingresos más altos gozan de mejor salud y son más felices que los que cuentan con ingresos inferiores. Sin embargo, para el individuo típico, una duplicación del sueldo no supone un cambio en la vida tan importante como el matrimono o el desempleo. Es más probable que una cita ardiente nos haga más felices que unos miles de dólares más. Hay algunas pruebas que lo corroboran.

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María Estela Martini comparte su vivencia con nosotros

Quiero compartir esta experiencia con los demás porque yo tampoco entendía del todo el reclamo del matrimonio gay hasta que pude conocer un caso más de cerca.

Aclaro que no soy lesbiana. Soy heterosexual, tengo 47 años, estoy divorciada y tengo dos hijos, de 14 y 17, que viven conmigo. No soy fanática de ninguna corriente política. Y creo en Dios, aunque bastante menos en la Iglesia.

Tengo una empresa de ropa, mediana. Hace unos diez años entró a trabajar para mí una mujer joven, de unos 27 años, llamada Valeria. Le ponía tanto empeño a su trabajo que en poco tiempo llegó a mi equipo de asistentes directos, y ahí conocí mejor su caso.

Valeria tenía dos hijos chiquitos (en ese momento tendrían 3 y 5 años). Se había casado muy joven, a los 18, con su novio de la secundaria. Ella había dejado de trabajar para cuidar a sus hijos.

Hasta que un día se enteró que su marido la engañaba. El un día le avisó que se iba de la casa. Valeria se hizo cargo de los dos chicos y tuvo que salir a trabajar para mantenerlos, aunque él de vez en cuando se ocupaba. Entonces conoció, en su nuevo trabajo, a Lucía. Valeria nunca había tenido una relación con otra mujer, pero se sintió tan apoyada y querida por Lucía, que al poco tiempo ya se mostraban como una pareja.

El ex marido se enteró de la relación lésbica de Valeria y, avergonzado, se fue del barrio y no volvió tampoco a llamar o ver a sus hijos. La familia de Valeria también le dejó de hablar. Lucía le ofreció mudarse juntas para poder costear mejor los gastos y cuidar juntas de los chicos, y eso hicieron.

Cuando Valeria empezó a trabajar conmigo, ya vivía con Lucía hace algunos años, y de vez en cuando venían su pareja y sus hijos a buscarla al taller para salir a comer todos juntos. Incluso la gente más conservadora de mi empresa sonreía al ver a esta familia de cuatro caminar felices por la calle. Era tan natural el amor que se tenían que era imposible cuestionarlo.

Pero un día Valeria se enfermó. Le diagnosticaron un cáncer de estómago y tuvo que empezar a tratarse. Ella y Luía habían celebrado la unión civil un año antes, pero cuando pidieron a la prepaga de Lucía que cubriera a su pareja, se lo negaron por no ser un matrimonio. Fue la primera vez que entendí que una unión civil no era lo mismo que estar casados. Ellas empezaron un reclamo legal.

Unos 18 meses más tarde la Justicia les dio la razón y ordenó a la prepaga a cubrir los gastos médicos de Valeria. Pero era tarde, porque ella había fallecido cuatro meses atrás.

Desesperación. Lucía siguió cuidando a los dos chiquitos, a quienes había criado y querido por años como a sus propios hijos. Pero en noviembre la citaron del colegio al que habían ido siempre y le avisaron que sólo "un familiar" podría re inscribirlos para el año siguiente.

Lucía, desesperada por que sus chicos no tuvieran una nueva pérdida, se acercó a los familiares de Valeria para pedirles que la ayudaran. Pero ellos decidieron que los chicos no tenían que vivir con "una desconocida" y pusieron un abogado para que hiciera un reclamo legal.

La hermana de Valeria -que no había visto a sus sobrinos desde que su hermana se había separado y que tampoco la había acompañado en su enfermedad- consiguió que el templo evangélico de su barrio le esponsoreara la demanda legal. Ganó, y a Lucía le sacaron los dos chicos.

Mientras apelaba la demanda trataba de cruzárselos por el barrio o ir a visitarlos, pero la hermana de Valeria no quería que tuvieran ningún contacto, y finalmente ella, su marido y los dos chiquitos se mudaron fuera del país.

Lucía nunca más pudo ubicarlos (aunque sé que sigue intentándolo).
Los dos chiquitos de Valeria perdieron a su mamá por una enfermedad tremenda. Pero a su otra mamá no tenían por qué perderla. Fueron la (in)Justicia, la intolerancia, los prejuicios, los que les arrebataron a estos dos chicos la posibilidad de un hogar.

Si Valeria y Lucía hubieran estado casadas esto no hubiera pasado. Valeria habría tenido tratamiento médico a través de la prepaga de su mujer, y ambas habrían tenido derechos legales para proteger a sus hijos.

En estos días todo el mundo opina acerca del casamiento gay y de la adopción, y yo quería contar esta historia y pedir que se difunda. Porque no habla de "derechos" en general. Sino de un caso concreto en el que la ley no ayudó a nadie. Hoy algunos hablan del derecho del niño a tener "un papá y una mamá", pero conozco tantos casos en los que esto no ocurre. Un niño necesita un hogar.

Necesita que lo protejan de la injusticia y del dolor inútil. Todos necesitamos que la ley nos cuide, todos necesitamos que nos protejan del dolor.

Por eso apoyo la llamada "ley de la igualdad". Por Valeria, por Lucía, por sus hijitos. Porque sé que hay muchas otras familias iguales a ellos ahí afuera y no quiero que les vuelva a pasar algo tan terrible como esto que me tocó conocer.